Cumpleaños

Hace 4 días fue tu cumpleaños y no te felicité. No te he felicitado desde hace 3 años y tú no me has felicitado desde hace 5.

Siempre me acuerdo de tu cumpleaños. Y siempre me acuerdo que tú no te acuerdas del mío y prefiero no felicitarte. Pero siempre me acuerdo.

Hoy también fue el cumpleaños de una persona que también se olvida de mi cumpleaños. Y sí la felicité, porque se me olvidó que se le olvida felicitarme. Pero creo que ya no la felicitaré.

Creo que la señal más certera de que has sacado a alguien de tu vida es olvidar su cumpleaños.
El problema es que a mí nunca se me olvidan, y se me olvida que a mí sí me olvidaron.

Ser yo.

Ser yo es sentir que uno quiere decir algo, pero no sabe qué ni a quién.
Es molestarse por cosas pequeñísimas pero no preocuparse por lo realmente importante.
Es disfrutar estar solo y ser una persona distinta con cada persona.
Es pensar que la gente cercana es la extensión de uno mismo.
Es no poder olvidar cosas tristes, soñar lo mismo 4 veces al mes.
Creer que le debo mucho a la gente que me quiere y no saber como pagarlo.
Es tener sueño todo el día y no poder dormir en la noche.
Sentir ganas de pedirle una disculpa a todos.
Es estar contento con estar triste.
Y que le duela a uno no importar tanto como a uno le importan los demás.
Es perder antes de jugar.
Es mentir.
Es pensar que uno no es feliz cuando uno lo es en verdad.
Es incongruencia.
Sentir ganas de enseñarle algo a alguien, pero no saber qué.
Sentir la responsabilidad de responder a todo lo que otro pueda preguntar.
No es difícil y es agradable.
Es sentir que le falta algo a uno pero no buscarlo realmente porque esa falta es parte de mi identidad.
Es odiar lo increíblemente barato que se lee lo que escribo.

Hace como tres días

Hace como tres días soñé contigo.
Soñé que estábamos en una casa grande que un amigo en común había alquilado para una fiesta.
Estaba contigo en una habitación, tú tenías una blusa blanca, la que llevabas el día que te dije que me gustabas, y un pantalón negro.
Te besaba y te agarraba por la cintura. Te pregunté que si te acordabas de mí. Me dijiste que no, pero que no tenía nada de malo porque yo tampoco me acordaba de ti.

Te acuerdas cuando terminamos?

Te dije, tomándote de las manos, que yo tenía un sueño, estar contigo siempre, hacer mi familia contigo. Tú me dijiste que no tenías un sueño así.

Desperté, supongo. No hace mucho.

Te lo dije, de hecho. Te dije que por 5 años te había extrañado todos los días, que no había pasado un día sin que yo haya pensado en ti y que no terminaras como yo. Que no te aferraras a la gente. Me diste las gracias y me dijiste que me querías a pesar de que estuviera loco. Llevábamos años sin hablar.

No te había pensado desde hace mucho, pero hace 3 días te soñé y pensé en ti todo el día y te vi en todas partes. Como antes.

Y tenía que escribirlo, registrarlo como suelo hacerlo aquí. Escribírtelo. Porque este blog es por ti, Andrea. Desde el principio.

Y pensé en ti hace tres días y lo hice otra vez hoy. He pensado en hacerte llegar todo lo que he escrito sobre la idea que me formé de ti, porque definitivamente no escribo sobre ti. Tú ya eres una persona completamente distinta a lo que yo creo conocer de ti. No eres la Andrea de hace tres días, con su blusa blanca y su pantalón negro.

Creo que es la primera vez que escribo tu nombre aquí.

Bueno. Sabías que ya sé hacer salsa roja? Sí. Y ya hago mi tarea. Y plancho mi ropa, a veces.

hoy

Llevo cerca de 7 años con este blog. Llevo escribiendo desde hace 10.
Aquí generalmente escribía sobre la gente a la que quise y sobre como nos hicimos daño.
Ahora tengo 23 años. Vivo en la ciudad de México y tengo amigos a los que quiero.

Ya no escribo tanto porque ya no me azoto tanto con los problemas. Sé (creo) que todo tiene solución y que la tristeza y el dolor son pasajeras.

Llego aquí y aún me siento de 17. Pero ya estoy más grande. Rafa, ojalá algún día leas esto y te acuerdes del Rafa de 23 así como te acordaste del Rafa de 17. Buena suerte, cuida a Alan y a Goga, a Santiago, Coeto, Alejandra, al Doctor y a todos los que quedaron.

Tal vez no quiero coger.

No pretendo hacer de esta entrada un berrinche de niño-adulto sobre los derechos de los hombres y lo oprimidos que nos ha dejado todo este movimiento de liberación sexual, donde todo mundo está ansioso de compartir sus preferencias y opiniones.

Solamente decir que tal vez, a lo mejor, no quiero coger.


Tal vez no me gusta tanto. Tal vez prefiero masturbarme. En realidad no lo sé, sólo sé que el sexo está sobrevalorado. Para mí no es lo mejor del mundo, y no es porque no pueda tenerlo, solo que no me gusta coger. No es porque sea malo, las veces que he cogido me esfuerzo por hacer un trabajo decente.

No me gusta la idea de que alguien espere algo de mí, soy muy tímido con mi cuerpo, me cuesta expresarme físicamente con las personas, aunque sean muy cercanas, no me gusta que me digan lo que tengo que hacer, el sexo hace las cosas más complicadas para mí porque toda mi vida había pensado que que era algo sagrado, personal y privado; ahora me doy cuenta de que tiene lo mismo de importante que abrir una lata de refresco, tomar su contenido y tirarlo en la calle.

Y como los anuncios de latas de refresco, el sexo está en todos lados. Sexo sexo sexo sexo. Todo mundo quiere que tengas sexo, sexo sexo. Compra esto para tener sexo. Ve a este lugar para tener sexo. Toma esta cerveza para tener sexo. Ve al gimnasio para tener sexo. Ten sexo para tener sexo. Mis amigos quieren que tenga sexo, mi familia quiere que tenga sexo, la iglesia católica no quiere que use condones, pero quiere que tenga sexo. Tal vez no quiero tener sexo.

Tal vez quiero darle una nalgada, besarla en la frente, tomarla de la mano, pelearme con ella, hacer de comer, salir a correr, leer en la sala, jugar videojuegos, ver todas las de el señor de los anillos de una sentada, tal vez quiero desayunar en la escuela y bañarme hasta el sábado porque hoy no voy salir y tener sexo arruinaría todos los planes que tengo porque me la pasaría pensando en lo importante que es que haya tenido sexo y en lo orgullosos que deben estar todos porque tuve sexo o en lo mucho que les vale madres y en lo mucho que debería varlerme madres a mí también porque todo mundo lo está haciendo y cuando todo mundo hace algo, nadie lo hace.

NO QUIERO COGER.

He mentido muchas veces cuando digo que he cogido porque quiero encajar y llenar las expectativas que tienen los demás de mí, COMO TODO SER HUMANO. Pero en realidad no me llama la atención tanto, sin embargo para mí el sexo es como esta montaña que está enfrente de mí todo el día y no puedo dejar de verla, porque, aparentemente, para todo el mundo, es lo más importante de la existencia. No quiero coger coger coger.

NO QUIERO.

Vivir en vano

50 pisos.

Un recuerdo dentro de un recuerdo.
Recordó como la tela de su vestido se resbalaba por la piel quemada por el sol y caía sobre la alfombra verde del estudio. Era un vestido verde. Le gustaba porque era fácil quitárselo a Amanda antes de hacer el amor. Ella nunca permitía que él se lo quitara, ella tenia que dejar de besarlo y se bajaba de la cama, se ponía de pie y se quitaba el vestido. No lo hacia de forma sugerente, pero había una tácita sensualidad que sabia que era sólo para él.

En la foto ella llevaba el vestido verde y se desengaño de la pertinencia de ese sentimiento. "Se llama miguel" le dijo ella sonriendo mientras sostenía el teléfono "Lo conocí en Madrid cuando estaba haciendo la maestría."

43 pisos.

Miguel tenia los dientes chuecos era moreno. Aparentemente no era europeo. Aparentemente era chileno. Uriel sintió de nuevo como la bilis y el miedo se le acumulaban en la boca del estomago cuando su cartera salió volando desde el bolsillo de su chaqueta beige y se perdió en el cielo. Tembló como cuando vio la foto de Amanda y miguel. "Cómo la canción de Mecano" pensó. Pero no era Amanda, era Anna. No importaba ya.

37 pisos.

De nuevo se encontraba sonriendo con el celular de Amanda en la mano. "Felicidades" mintió. Amanda le dijo que se casaban en julio en san miguel de allende, donde su papá tiene la finca.

Hacia frio, pero recordaba como Amanda dormía desnuda en la cama improvisada con su ropa tirada en la tierra. Y él la miraba dormir. Era la primera vez que visitaban la finca con la familia de Amanda. Y cuando ella se empezó a quitar el vestido con sus padres borrachos a solo unos metros, de nuevo sintió miedo.

32 pisos.

Vio su oficina pasar fulminante.

Claro que iría a la boda.

30 pisos.

¿Por qué me dices esto?

La calle se veía reventar de gente, algunos corriendo y otros cayendo. Algunos sobre los coches, como esa famosa fotografía de la mujer que saltó de un edificio.

Era junio. Las buganvillas de la banqueta empezaban a florecer.

Que mi tumba huela a primavera, pensó.

24 pisos.

Amanda prefería los girasoles. Siempre dijo que eran como ella. No hablaban de un amor romántico y tragico como las otras Flores. No tenían la pasión de las rosas o la solemnidad de los tulipanes. Los girasoles se quitaban el vestido sobre la alfombra. Los girasoles estudiaban arte en Madrid porque no querían aprender francés y se casaban con chilenos de dientes chuecos en junio, julio. Lo que sea. Los girasoles nunca escuchaban musica en inglés y veían películas de Wes Anderson.

Los girasoles eran unas putas. Dijo.

20 pisos.

Amanda. La vio cayendo junto a él. Abrazando al hombre de los dientes chuecos.

Y murió de tristeza antes de tocar las buganvillas de la acera.

12 pisos.

las cosas que no te dije

Pasé tanto tiempo solo que ya me había hecho a la idea de que pasaría el resto de mi vida así.
No es difícil comprometerse con la idea. La soledad y yo teníamos un solemne pacto de respeto y dignidad, yo dejaba que ella se alimentara de mí y ella me dejaba justificar nuestra simbiosis con la excusa de que soy muy exigente. Pero la verdad es que a nadie le gusta estar solo.

Por muy buena persona que uno pueda ser, no hay forma de pasar tanto tiempo solo con uno mismo. Los efectos de la soledad le hacen a uno detestar no sólo los defectos ajenos, sino los propios, y no hay hombre solo que no haya sucumbido a los reclamos de sí mismo cuando uno se harta de la propia ineptitud e incapacidad para establecer relaciones amorosas o entablar amistades.

La relación con la soledad es igual de violenta y destructiva que cualquier otra relación con cualquier otro ser humano, sólo que esta se siente más pesada porque no tenemos con quien quejarnos. La relación con la soledad no tiene duelo cuando termina pero sí anula cualquier tipo de habilidad que se tenga para sentir empatía o relacionarse con los demás.

Es por eso que tiendo a rumiar en mis relaciones fallidas, no por aferrarme a las personas, sino por huir de la relación con la soledad.

En fin. Coman mierda todos.