Abismo


Aún recordaba el olor a orines de gato, el sol entrando por las cortinas de tela rosa y el débil viento que entraba por la ventana. Eran las 8 de las mañana y el comedor esperaba que fuese la hora del desayuno, la hora en que él se levantara, se pusiera las pantuflas de lana beige y sacará unos huevos del refrigerador. Era una bella rutina, una coreografía torpe y taciturna: prender la estufa, sacar un sartén y romper dos huevos, siempre con cuidado de no hacer el más mínimo de los ruidos para no despertar a la pequeña crisálida de sábanas y mujer que aún dormía en la habitación contigua. Sacar dos vasos y llenarlos con leche para ponerlos en la mesa y platos con huevos revueltos y fruta y besos.

 Después él entraba en la habitación y con cuidado colocaba un pequeño beso en la frente de aquella ave dormida, la cuál se despertó, y al abrir los ojos, todo el cuarto se iluminó. Él miraba aquella imagen maravillosa como un niño cuando ve nevar por primera vez.

Fue en ese momento, ese fatídico momento tan hermoso y tan terrible que se dio cuenta de la verdad, esa verdad tan feroz  que lo persigue a uno en las noches más oscuras y solitarias e inevitablemente nos invitan a movernos en tiempo y espacio.

Se dio cuenta en ese momento que las estrellas eran de lata y las flores de papel, que la luna era sólo una amarillenta bombilla en una oscura habitación, los poemas eran los más vulgares insultos y que las mariposas se volvieron feas orugas, en ese momento que se dio cuenta que las manzanas iban a dejar de ser dulces y que el mar dejaría de ser misterioso y azul, porque toda la belleza del mundo ya estaba en ella, en ese ser que con una sonrisa sacaba al mundo de su eje y lo ponía a dar vueltas alrededor de la luna.

Y fue feliz, porque no le importó. Y porque había nacido para despertarse un domingo de septiembre en la mañana para cocinar huevos y despertar a esa mujer que era tan feliz con él y tomar leche juntos, con pantuflas de lana beige y cortinas de tela rosa

Y jamás volvió a cocinar.

Escribir

Escribir en otro idioma es una experiencia que cualquier entusiasta del ejercicio literario no debería perderse. No es una experiencia artística o espiritual, mucho menos creativa, es una experiencia cultural. Escribiendo en otro idioma me di cuenta que escribir es totalmente cultural; buscar expresiones paralelas en otro idioma me hizo sentir como un explorador o como un taxonomista viajando a otro planeta, donde no conoces como se comportan los animales ahí, pero relacionas su comportamiento con los animales que conoces. Digo, jamás leeré Ulises de la misma forma que un ciudadano de Dublín, pero estoy seguro que James Joyce jamás podría haber imitado la alegría de los latinos, la esperanza de los Europeos del Este, la espiritualidad de los orientales.
Lo cual me pone a pensar, ¿Estamos enclasados creativamente en nuestra cultura?
Porque yo quiero escribir como Emil Cioran.

Carta.

Carta al Cerrado que inició este blog.
Por el Cerrado que sigue escribiendo en el.


Tu vida no va a mejorar. Te van a partir la madre muchas (más) veces y vas a llorar. Y vas a sangrar. Y te vas a caer.


Vas a estar en callejones muy oscuros. Vas a perder la fe en la gente y en ti. Vas a decirle adiós a mucha gente que quieres. Y no te va a gustar. Y vas a llorar. Y vas a sufrir. Y te vas a caer.


Decepcionarás a tus amigos. Muchas veces sentirás que eres un caso sin remedio. Que no vale la pena seguir luchando. Dejarás de creer en el dios de tus padres y pensarás que ya no puedes sufrir más. Y verás que no es cierto. Y vas a llorar. Y vas a sangrar. Y te vas a caer.


Cometerás muchos errores. Te darás cuenta que muchos de éstos te seguirán durante mucho tiempo. Harás cosas que jamás pensaste que serías capaz de hacer y hasta en algunos momentos comprometerás tu dignidad y tu integridad. Y vas llorar. Y vas a sangrar. Y vas a sufrir. Y te vas a caer.




Y te vas a levantar.


Y vas a seguir luchando.


Y verás que eres más fuerte de lo que crees.


Verás que eres un hombre y que ya no eres un niño. Que has cambiado tu inocencia por experiencia. Que la vida es bella y que el sufrimiento nos hace humildes y nos acerca a la paz.


Verás que el amor existe y que dejaste de buscar a Dios porque te diste cuenta que está dentro de ti. Verás que nadie te puede amar como te amas a ti mismo. Y aprenderás a cuidar y a abrazar a ese pequeño niño asustado que llevas dentro y le dirás: Todo estará bien Rafa.Todo va a estar bien.


Y vas a reír. Y te vas a sanar. Y vas a perseverar. Y vas a volar.

Infancia es destino

Quiero darle las gracias a mis más grandes amigos de la infancia:

Charles, Antoine, Gabriel, Stephen, Ernest, Carlos, Horacio, Edgar, Arthur, Julius y Gary.



Porque los demás niños siempre me hicieron a un lado y ustedes me hicieron lo que soy.










Yo de niño no jugaba con Hot Wheels, ni al fútbol, ni tenía muchos juguetes, pero sí tenía muchos mundos a mi disposición, esperándome. Yo de niño toqué el hielo por primera vez con Aureliano, me rompieron el corazón con Pip, huí del Hotel Overlook con Danny, conocí al más antiguo de todos los dioses con Mixtli y estuve 84 días con un noble pero valiente anciano en una barca, pescando.


 Le doy tantas gracias a mis padres por nunca haberme negado un libro. Por nunca haberme negado un mundo nuevo al cuál podía huir cuando me placiera: Macondo, Comala, Tenochtitlán; todos ellos fueron mi lugar de juego. Por eso nunca envidié juguetes, porque yo tenía mil mundos dentro de mi cabeza. Aún los tengo.

Yo soñé con aviones.

Los sueños forman una parte muy importante de mi vida diaria y los tomo muy en cuenta a la hora de tomar decisiones. Digo, sé que soy un estudiante de psicología y más o menos tengo alguna vaga idea de como se interpretan los sueños, pero mis sueños son muy claros; la mayoría de las veces no necesitan ser interpretados o reflexionados, mi inconsciente sabe que conmigo no hay que andarse con mamadas y me dice lo que quiere con todas sus letras.


 Anoche tuve sueño (y no era verano), en el cual unos tipos me estaban golpeando. Uno de ellos me agarraba de los brazos y el otro me golpeaba en la cara, yo me sentía asustado y débil. Cómo pude me solté del cabrón que me estaba agarrando y logré someter al tipo que me estaba golpeando, y lo tenía contra el suelo, sin moverse, el tipo estaba asustado como yo lo estaba y entonces... Entonces me di cuenta que no sabía que hacer con él. Yo seguía enojado, ¡Qué madre! Yo no estaba enojado, me estaba cargando la chingada de lo encabronado que estaba, pero aún así no sabía qué hacer con el tipo que hace unos segundos me estaba haciendo pomada a vergazos. Y le pregunté:


-Y ahora, ¿Qué te hago?


Entonces me desperté. Sin haber golpeado a nadie, después de que me hubiesen golpeado. Aún me sentía enojado, y por alguna extraña razón, me sentía asustado.


En la mañana fui al gym y estaban pasando la canción de Adele, de Rolling in the deep. Y escuché una frase mientras corría en la caminadora: Turn my sorrow into treasured gold.


Fue ahí cuando me pegó: Tengo mucho enojo, tengo mucha agresión, tengo ganas de pelearme con alguien. Y no sé que hacer con ello.


Y me está quemando.

Overkill

Había una vez un hombre, que era un niño, y vivía en una aldea de gigantes. Todos los días nuestro hombre-niño salía de su cabaña de madera y paseaba por la aldea, pasando a lado de gigantes, viéndolos llevar enormes elefantes al hombro para comer, cuando el sólo podía cargar una gallina o una oveja pequeña.



 A veces el hombre-niño se sentaba en una piedra y miraba pasar a los gigantes, se reía de como hablaban, con sus voces graves y palabras pequeñas (todo mundo sabe que los gigantes no son muy inteligentes), pero por muy listo que fuera, nuestro hombre niño no dejaba de ser eso: un niño-hombre pequeño y débil; y eso le hacía sentir triste, enojado pero sobre todo muy solo.

 El niño-hombre vivía solo en una aldea de gente enorme y sólo podía hablar con el sol y con la luna, pero prefería no hacerlo para mantenerse cuerdo, es por eso que empezó a crecer. Pero el no crecía como los demás, no, el no crecía hacia fuera o a los lados como hacen la mayoría de los hombres. Nuestro niño-hombre aprendió a crecer hacia dentro.

Verá querido lector, el crecer hacia adentro no es muy diferente a crecer por fuera, existen los mismos dolores por las noches que los niños sienten, el mismo cambio de fuerza, hasta la misma hambre que los niños en crecimiento muchas veces sienten, sólo que no es un hambre de alimento, al menos no alimento para el estómago, es hambre de alimento para el alma. El niño hombre había logrado encontrar ese alimento hablando consigo mismo, y había comido y crecido tanto hacia adentro, que decidió que no podía seguir creciendo en una aldea de gigantes que eran sordos a las palabras de un niño-hombre.

Una noche, mientras dormía, el niño-hombre tuvo un sueño: Estaba él, sólo en un bosque, estaba asustado y huía, pero no sabía de que, el sólo corría y corría muy asustado, entonces vio a lo lejos una luz, fuera de ese oscuro bosque, corrió lo más rápido que pudo y llego a un paraje lleno de árboles muy grandes y bellos, de maderas blancas y hojas amarillas, el sol brillaba y en medio del paraje había un árbol gigantesco y blanco. Nuestro niño-hombre se acercó y vio que en el árbol había tallada una placa de piedra, que simplemente decía:


Encuentra un amigo.


Ahí afuera hay gente que daría su vida por una idea, por la idea que la gente es buena, que debemos respetar a nuestros iguales, que el amor existe y que somos libres. Yo moriría.