La trigonometría es un negocio muy cabrón y lleno de pendejadas poéticas y filosóficas; podemos aprender mucho de las rectas, elipses, parábolas y circunferencias con sus tangentes y sus cosenos.
Pero hay algo que se me hace el dato más terrible de todos y me ha atormentado de una manera espantosa estos últimos días: Las rectas. Las tuyas, las mías. Todos somos rectas, estamos en una maraña gigantesca de rectas y no sabemos donde van a ir a dar.
A veces pienso que las rectas paralelas son las más tristes de todas, tienen la misma pendiente y siempre van juntas pero jamás se cruzan y pueden pasar así toda la eternidad. ¿Qué sentirá la recta y = 3x + 10 al ver a su paralela tan cerca y no poderla cruzar?
¡Pero no! Las más tristes deben ser, definitivamente, las rectas perpendiculares. Se cruzan en el cuadrante exacto y durante una sola coordenada para seguir su camino y no volver a verse jamás. Por lo menos las paralelas se pueden asomar de cuando en cuando a ver a su compañera de pendiente, las perpendiculares están condenadas a un momento de gloria y de ahí a la soledad.
También pienso a menudo en las tangentes que se aproximan bastante a un círculo y nadie sabe si en realidad lo toca o no, digo, ¿En un sólo punto? ¡Mejor que se aleje! Bueno, al menos no son tan terribles como las secantes, a esas no les importa si tienes tu circunferencia completa, ellas llegan, te hacen un desmadre y no vuelves a estar completo.
Yo por eso digo, que lo mío, lo mío, lo mío, son las elipses. Sólo por la excentricidad.
Deus Ex Machina
Hoy es un gran día para la ciencia.
Después de meses y meses de ensayos, de experimentos, fracasos, pruebas, pequeñas victorias e innumerables cálculos por fin he terminado mi máquina. ¡LA MÁQUINA!
He decidido llamarla "La máquina de Baus" ¿Por qué? Bueno, porque tiene partes mecánicas (como cualquier máquina) y porque es mía, y yo soy Baus. Soy bueno para las máquinas, pero no se me dan los nombres.
Aquí anexo uno de los miles de planos que hice:
Como pueden notar, parece un tanto difícil de manejar, pero no se dejen engañar! Es tan sencilla que un hasta un hombre diabético de mediana edad podría utilizarla! Es más, el mercado al que está dirigida son hombres (y mujeres, no es una máquina de misoginia) de mediana edad con diabetes!
Cuenta con tres capacitores de flujo y al llegar a los 7.3 gigawatts puede... *lo interrumpe un lector*
Lector: Pero, Cerrado, ¿Qué hace tu máquina?
Ehm...
Ehmm...
*le dispara*
.
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.
.
.
*sale corriendo en ropa interior*
Después de meses y meses de ensayos, de experimentos, fracasos, pruebas, pequeñas victorias e innumerables cálculos por fin he terminado mi máquina. ¡LA MÁQUINA!
He decidido llamarla "La máquina de Baus" ¿Por qué? Bueno, porque tiene partes mecánicas (como cualquier máquina) y porque es mía, y yo soy Baus. Soy bueno para las máquinas, pero no se me dan los nombres.
Aquí anexo uno de los miles de planos que hice:
Como pueden notar, parece un tanto difícil de manejar, pero no se dejen engañar! Es tan sencilla que un hasta un hombre diabético de mediana edad podría utilizarla! Es más, el mercado al que está dirigida son hombres (y mujeres, no es una máquina de misoginia) de mediana edad con diabetes!
Cuenta con tres capacitores de flujo y al llegar a los 7.3 gigawatts puede... *lo interrumpe un lector*
Lector: Pero, Cerrado, ¿Qué hace tu máquina?
Ehm...
Ehmm...
*le dispara*
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*sale corriendo en ropa interior*
El fantasma de las escaleras.
A menudo pienso en lo genial que sería dormir y soñar por mucho tiempo. Explorar los pasillos de mi inconsciente y conocerme mejor, hojear los libros que he leído en mi vida real, verlos exactamente como son, conocer el significado de los símbolos que veo a menudo en mis ratos oníricos, los delfines, las sábanas, las fuentes.
Me imagino soñando por 60 años, envejecer en mi mente y despertar para seguir teniendo veinte años, sólo que un poco más sabio, sensato, probablemente un poco más loco. Me imagino una casa grande, tapizada de libros y pósteres infográficos, planos de máquinas que no existen, en mesas grandes, llenas de lápices, juegos de geometría, tablas. En la casa hay un ático con una ventana que da al jardín y ahí hay cientos de miles de lienzos blancos y todos los colores que he visto, hay también, en el sótano, una gran sala con todos los instrumentos que conozco, oboes, guitarras, violines, clarinetes, flautas, violonchelos, saxofones, pianos...
Y hay un guía, un hombre de mirada seria y gélida, palabras cálidas y andar pesado. Es él el amo de llaves. El me enseña todos los cuartos que hay en mi inconsciente, incluso aquellos que están llenos de monstruos y figuras extrañas, que no quiero ver. Me enfrenta a ellos y me da las armas, pero no me dice como usarlas; yo ya sé como utilizarlas, sólo que no lo sé aún.
Hay muchas habitaciones en la casa, todas ellas ocupadas, la mayoría por mi simbolismo, pero algunas están habitadas por gente que conozco, o las ideas que tengo de ellos, mi padre, mi madre, mi abuela y mi familia, también están ahí mis amigos, a veces como camaradas, a veces como verdugos, casi siempre como compañeros de exploración.
Supongo que habrá muchos yo en la casa, supongo que todo seré yo en esa casa. Me pregunto si encontraré al Cerrado de 5 años, al de 10, al de 15? Aquellos que no le tenían miedo a aventurarse, con su confianza en el mundo intacta? Me estorbarán o me enseñarán cosas que preferí desaprender? Los dejaré ir? Me dejarán ir?
Sé que la casa tiene apenas veinte años, pero... Se siente tan... Vieja. Y al mismo tiempo se siente prístina, como un árbol de raíces muy profundas. Es una casa conocida y extraña, como si fuera una palabra que existe en otro idioma que se pronuncia igual pero tiene significado distinto, como un espejo convexo, un familiar lejano. Una casa en la cual abriré cada una de las habitaciones y beberé todos sus secretos, aunque me cueste la cordura.
Una visita a uno mismo... Te puede convertir en algo que no eras?
Me imagino soñando por 60 años, envejecer en mi mente y despertar para seguir teniendo veinte años, sólo que un poco más sabio, sensato, probablemente un poco más loco. Me imagino una casa grande, tapizada de libros y pósteres infográficos, planos de máquinas que no existen, en mesas grandes, llenas de lápices, juegos de geometría, tablas. En la casa hay un ático con una ventana que da al jardín y ahí hay cientos de miles de lienzos blancos y todos los colores que he visto, hay también, en el sótano, una gran sala con todos los instrumentos que conozco, oboes, guitarras, violines, clarinetes, flautas, violonchelos, saxofones, pianos...
Y hay un guía, un hombre de mirada seria y gélida, palabras cálidas y andar pesado. Es él el amo de llaves. El me enseña todos los cuartos que hay en mi inconsciente, incluso aquellos que están llenos de monstruos y figuras extrañas, que no quiero ver. Me enfrenta a ellos y me da las armas, pero no me dice como usarlas; yo ya sé como utilizarlas, sólo que no lo sé aún.
Hay muchas habitaciones en la casa, todas ellas ocupadas, la mayoría por mi simbolismo, pero algunas están habitadas por gente que conozco, o las ideas que tengo de ellos, mi padre, mi madre, mi abuela y mi familia, también están ahí mis amigos, a veces como camaradas, a veces como verdugos, casi siempre como compañeros de exploración.
Supongo que habrá muchos yo en la casa, supongo que todo seré yo en esa casa. Me pregunto si encontraré al Cerrado de 5 años, al de 10, al de 15? Aquellos que no le tenían miedo a aventurarse, con su confianza en el mundo intacta? Me estorbarán o me enseñarán cosas que preferí desaprender? Los dejaré ir? Me dejarán ir?
Sé que la casa tiene apenas veinte años, pero... Se siente tan... Vieja. Y al mismo tiempo se siente prístina, como un árbol de raíces muy profundas. Es una casa conocida y extraña, como si fuera una palabra que existe en otro idioma que se pronuncia igual pero tiene significado distinto, como un espejo convexo, un familiar lejano. Una casa en la cual abriré cada una de las habitaciones y beberé todos sus secretos, aunque me cueste la cordura.
Una visita a uno mismo... Te puede convertir en algo que no eras?
W.E.H.
Me gusta mucho leer poesía.
Tengo varios poemas favoritos, "el docto astrónomo" de Walth Whitman, "el cuervo" de Poe, "mi corazón me recuerda" de Sabines; me gusta recordarlos y recitarlos cuando me levanto o antes de irme a dormir.
Pero hay uno en especial que tengo tatuado en los párpados y me ha acompañado por un largo rato: Invictus de William Ernest Henley.
Sí, sé que está muy trillado, pero es sin duda mi poema favorito.
Me gusta porque me pone entre la espada y la pared y me dice: Eres el amo de tu vida.
Y me pongo a pensar...
Hasta ahora he vivido de la manera en que me gusta hacerlo. Las cosas que me he propuesto, las he conseguido, he conquistado y he hecho de mi vida mil veces una victoria y mil veces más una derrota; pero ha sido por mi, ha sido por mi esfuerzo, por mi dedicación. Si la he cagado, jamás he hecho responsable a nadie más que a mi mismo, y si triunfo no me olvido de los que estuvieron ahí conmigo. Creo que es algo de lo que me he dado cuenta en estos escasos 20 años: Todo mundo quiere estar contigo en tus victorias, pero cuando el chorizo te habla por teléfono, verás que muchos se van y te quedarás prácticamente solo. Y no es algo malo! Al contrario, si estás solo te das cuenta lo mucho que cuesta salir de la mierda, te das cuenta que es una joda y que muchos se quedan allí, te das cuenta que tú y tú nomas lograste salir solito de ese estanque. Y que eres más fuerte de lo que piensas. Digo, se necesita ser un chingón para nunca tropezarse, pero se necesita ser chingón y medio para levantarse.
Bien me decía mi padre: El que no se equivoca (y lo admite), nunca crece. Es necesario darte en la madre para crecer, son tus cicatrices las que te dan fuerza, los golpes que te dan las circunstancias quitan de tu espalda equipaje que no necesitas. Y el viaje se hace más ligero.
Sólo tienes que perder el miedo a caer, y tienes que aprender a levantarte.
El proceso de crecimiento siempre es doloroso, porque somos cincel y mármol al mismo tiempo. Si no se nos quitan pedazos, jamás sabremos que yace detrás de ese chingo de roca.
Tengo varios poemas favoritos, "el docto astrónomo" de Walth Whitman, "el cuervo" de Poe, "mi corazón me recuerda" de Sabines; me gusta recordarlos y recitarlos cuando me levanto o antes de irme a dormir.
Pero hay uno en especial que tengo tatuado en los párpados y me ha acompañado por un largo rato: Invictus de William Ernest Henley.
Sí, sé que está muy trillado, pero es sin duda mi poema favorito.
Me gusta porque me pone entre la espada y la pared y me dice: Eres el amo de tu vida.
Y me pongo a pensar...
Hasta ahora he vivido de la manera en que me gusta hacerlo. Las cosas que me he propuesto, las he conseguido, he conquistado y he hecho de mi vida mil veces una victoria y mil veces más una derrota; pero ha sido por mi, ha sido por mi esfuerzo, por mi dedicación. Si la he cagado, jamás he hecho responsable a nadie más que a mi mismo, y si triunfo no me olvido de los que estuvieron ahí conmigo. Creo que es algo de lo que me he dado cuenta en estos escasos 20 años: Todo mundo quiere estar contigo en tus victorias, pero cuando el chorizo te habla por teléfono, verás que muchos se van y te quedarás prácticamente solo. Y no es algo malo! Al contrario, si estás solo te das cuenta lo mucho que cuesta salir de la mierda, te das cuenta que es una joda y que muchos se quedan allí, te das cuenta que tú y tú nomas lograste salir solito de ese estanque. Y que eres más fuerte de lo que piensas. Digo, se necesita ser un chingón para nunca tropezarse, pero se necesita ser chingón y medio para levantarse.
Bien me decía mi padre: El que no se equivoca (y lo admite), nunca crece. Es necesario darte en la madre para crecer, son tus cicatrices las que te dan fuerza, los golpes que te dan las circunstancias quitan de tu espalda equipaje que no necesitas. Y el viaje se hace más ligero.
Sólo tienes que perder el miedo a caer, y tienes que aprender a levantarte.
El proceso de crecimiento siempre es doloroso, porque somos cincel y mármol al mismo tiempo. Si no se nos quitan pedazos, jamás sabremos que yace detrás de ese chingo de roca.
Código
- Respetar el código.
- Preferir la muerte a romper el código.
- Defender mi dignidad e integridad.
- Preferir a los amigos frente a cualquier situación.
- Dejar de hacerse chaquetas mentales.
- No tomarse nada personal.
- Asumir responsabilidad de mis actos.
- Darle chance a la vida de sorprenderme.
Deberíamos salir a bailar.
Deberíamos salir a bailar.
Empaparnos en el aquí en el ahora. Quitarnos las máscaras y dejar que hable la gente.
Bailar en la lluvia, besarnos en la esquina. Deberíamos salir a bailar. Tango, danzón, ballet, lo que sea.
Romper las expectativas, quebrar las reglas, dejar de esperar, dejar de hablar. Callarnos la boca y besarnos. Deberíamos salir a bailar.
Tropezarnos, equivocarnos, reírnos de nuestra arritmia y seguir bailando. Caernos, levantarnos. ¿Qué importa donde despertemos mañana? Deberíamos salir a bailar.
Empaparnos en el aquí en el ahora. Quitarnos las máscaras y dejar que hable la gente.
Bailar en la lluvia, besarnos en la esquina. Deberíamos salir a bailar. Tango, danzón, ballet, lo que sea.
Romper las expectativas, quebrar las reglas, dejar de esperar, dejar de hablar. Callarnos la boca y besarnos. Deberíamos salir a bailar.
Tropezarnos, equivocarnos, reírnos de nuestra arritmia y seguir bailando. Caernos, levantarnos. ¿Qué importa donde despertemos mañana? Deberíamos salir a bailar.
Deberíamos tomarnos de la mano, tropezar en las calles, reír como un par de locos en carnaval.
Bailar en las aceras, en las cocinas, deberíamos salir a bailar.
Bailar en las aceras, en las cocinas, deberíamos salir a bailar.
Cerrado has reached lvl 20!
Como buen jugador de pokémon, sé que el juego se pone chingón cuando llegas al nivel 20. Para ese entonces ya tienes tu primera medalla de gimnasio, ya tienes el equipo que te acompañará la mayoría del juego y ya has quitado la mayoría de rattatas y pidgeys de tu inventorio. Empiezas a encontrar Ultra Balls y ya usas Cut... Bueno esto se está poniendo muy teto. El caso es que cumplo 20 años en 6 días. Y siento que tengo abiertas todas las puertas del mundo. Sí, empiezo de nuevo en otra universidad; sí, es posible que me tenga que acostumbrar a otra ciudad. Pero no podría haber elegido mejor edad para hacerlo.
No siento que haya perdido nada de tiempo en estos 20 años, he aprendido muchísimo, no tanto del mundo, pero sí de mi. No soy un pelín más sabio, pero creo que soy un poco más sensato. Sigo teniendo la costumbre de mirar antes de saltar, pero ya no me da miedo caerme, sé que me levantaré. He aprendido a perdonar, a los demás y a mi mismo. Definitivamente soy más independiente, hago lo que me gusta, aprendí a ganarme la vida de una manera honrada, aprendí lo que es el fracaso y aprendí a ser resiliente. Aprendí que la vida da muchas vueltas y que debemos saber limpiarnos el polvo de los pantalones y seguir nuestro camino.
También aprendí que, aunque la alegría es efímera, la felicidad es tan simple como salir a buscarla. Se me fue de la mente esa idea de "La gente nunca cambia", la gente siempre está (estamos) cambiando. No soy ese adolescente amargado de 5 años atrás, ni el pseudoadulto confundido de hace 2. Somos hojas al viento, chavos, piedrecillas en un río.
Pero lo que más agradezco de estos veinte años (dios mío, ya me cayó el veinte), es el desfile de gente que ha entrado y salido de mi vida, cada uno como una piedra preciosa, haciendo de mi pasar en este mundo un verdadero carnaval, con sus presencias y ausencias. A veces no sé si soy yo el que va o son ellos los que vienen.
Bien, ese fue el tradicional post de cumpleaños, muchas gracias también a los 3 lectores que de vez en vez me regalan 2 minutos.
Lo único que le puedo decir a mi año 21 en este mundo es esto: Déjate caer, ya te he demostrado 20 veces que soy un chingón. Déjate caer 80 veces más, que me fascina estar vivo. :)
No siento que haya perdido nada de tiempo en estos 20 años, he aprendido muchísimo, no tanto del mundo, pero sí de mi. No soy un pelín más sabio, pero creo que soy un poco más sensato. Sigo teniendo la costumbre de mirar antes de saltar, pero ya no me da miedo caerme, sé que me levantaré. He aprendido a perdonar, a los demás y a mi mismo. Definitivamente soy más independiente, hago lo que me gusta, aprendí a ganarme la vida de una manera honrada, aprendí lo que es el fracaso y aprendí a ser resiliente. Aprendí que la vida da muchas vueltas y que debemos saber limpiarnos el polvo de los pantalones y seguir nuestro camino.
También aprendí que, aunque la alegría es efímera, la felicidad es tan simple como salir a buscarla. Se me fue de la mente esa idea de "La gente nunca cambia", la gente siempre está (estamos) cambiando. No soy ese adolescente amargado de 5 años atrás, ni el pseudoadulto confundido de hace 2. Somos hojas al viento, chavos, piedrecillas en un río.
Pero lo que más agradezco de estos veinte años (dios mío, ya me cayó el veinte), es el desfile de gente que ha entrado y salido de mi vida, cada uno como una piedra preciosa, haciendo de mi pasar en este mundo un verdadero carnaval, con sus presencias y ausencias. A veces no sé si soy yo el que va o son ellos los que vienen.
Bien, ese fue el tradicional post de cumpleaños, muchas gracias también a los 3 lectores que de vez en vez me regalan 2 minutos.
Lo único que le puedo decir a mi año 21 en este mundo es esto: Déjate caer, ya te he demostrado 20 veces que soy un chingón. Déjate caer 80 veces más, que me fascina estar vivo. :)
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