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There comes a time in a man's life when to get where he has to go -if there are no doors or windows- he walks through a wall
                                                                                                                           Bernard Malamund

 A mi siempre me han dicho, desde pequeño, que a un hombre lo definen sus acciones, nunca sus palabras. Tengo tatuado el Factum non Verba en los cimientos de mi infancia.

No puedo decir que mi familia está llena de genios o de grandes doctores, comerciantes, políticos o artistas. No, en mi familia sólo hay un tipo de gente: Gente de lucha, gente que sabe trabajar por lo que quiere. Estoy orgulloso de esos genes, a veces llego a pensar que cuando siento que no puedo hacer algo, los miles y miles de ancestros antes de mi llegan y me susurran al oído, me dicen: Hazlo.

Sé, y esto lo veo como una verdad innegable, que cualquier persona es capaz de hacer lo que su mente desee. Si su voluntad es grande, grandes deberán ser sus actos.

Somos producto de millones y millones de años de evolución y de cuidadosa selección de las mejores características, lo único que podemos hacer para honrar a nuestros ancestros es arriesgarnos a vivir de la manera más gloriosa posible, tomando todos los riesgos, ganando la mayor cantidad de batallas. Y si hemos de morir debemos hacerlo luchando y sin cadenas en las manos ni vendas en los ojos.

Hemos nacido libres.

Hoy soñé.

Hoy soñé que estaba en un lugar oscuro, lleno de toda la gente que conozco. Todos estábamos felices, al parecer era una fiesta o algo así. Yo te estaba buscando.
Preguntaba por ti y me decían que estabas del otro lado de la habitación, que habías salido al baño o que estabas platicando con tal.


Seguí buscándote, encontré a mi pasado y lo saludé con cariño, me despedí de ella y le pregunté por ti. Me dijo que habías salido del lugar.


Entonces salí, solo, a buscarte. Y había mucha luz, y había un zumbido en mis oídos. Entonces pensé que había explotado un misil nuclear cerca o algo así, porque sabía que me había quedado ciego y sordo. No sé si te encontré. Creo que no lo hice, ya no lo recuerdo.

Elucubraciones de un adicto al Jet-set

Jamás he sido un galán, jamás me han llovido las mujeres y no hay una fila de chicas peleando por mi afuera de mi casa. Vaya, ni siquiera recuerdo que hubiese una mujer que haya dicho: "Vaya, ese tipo se ve guapo, me le acercaré", tengo muy mala suerte en eso de las mujeres.
Sé que no soy muy guapo, no tengo dineros por montones, mucho menos el coche del año. Pero sé una que otra cosa sobre aquellos seres de cabellos largos y faldas cortas (sonó muy misógino, pero en mi mente se leía genial); dice mi mejor amigo que yo sólo pienso en dos cosas, en problemas y en mujeres. Y bueno, eso es lo primero que sé de las mujeres: son un problema.

No son un problema terrible como las guerras o el hambre, pero son un problema. Al principio intenté enfrentarme a esa situación como enfrento la mayoría de las situaciones: No tomándolas tan en serio. Y entonces empecé a salir con mujeres y a conocer mujeres y a besar mujeres, pero sobre todo empecé a querer a las mujeres. No contaba que ellas querían enseñarme la segunda cosa que sé de las mujeres y dejar inutilizable mi estrategia de no tomarlas tan en serio: Las mujeres están locas.



Todas.
Sí, tú también.


También tu mamá.


Tu hermana tiene vagina? Está loca.


Tienes novia? Loca también.


Locas. Todas.


Pero platicando con esta mujer (también está loca) me dí cuenta que no todas están locas por las mismas cosas. Algunas están locas de celos, locas por los hombres, locas por el dinero, locas de atar, locas por robarte el corazón para luego dejarlo en la calle a que le pasen tres camiones de volteo y luego devolvértelo hecho mierda y decirte "ay, es que eres mi mejor amigo", locas en fin. Así que decidí enfrentarme a esta otra situación haciendo lo que mi corazón (lo curioso de mi corazón es que se encuentra en mi pene) me dijo: Tomar a las mujeres en serio. Entonces me acerqué a un espécimen extraño llamado "La mujer que es tu amiga" y empecé a escuchar sus consejos, me decía que tenía que cuidar a las mujeres, liberarlas del yugo de los hombres, protegerlas de las injusticias porque son como frágiles pétalos de un crisantemo en un pantano de hombres. Y así lo hice, y siempre obtuve la misma respuesta: "Rafa, eres un buen chico, pero no eres lo que estoy buscando."

Fue como a la quinta vez de escuchar la misma letanía que aprendí la tercera cosa que sé sobre las mujeres, además de la cuarta: Las mujeres no saben lo que quieren.



Y si lo saben, no saben como pedirlo. Al menos en lo que hombres respecta, piden igualdad y al mismo tiempo piden facilidades, piden ser tratadas como damas siendo groseras con los hombres (no todas, aclaro), piden sexo y luego dicen sentirse usadas. Ahí fue cuando aprendí la cuarta cosa que sé sobre las mujeres: Las mujeres no son frágiles pétalos de crisantemo en un pantano de hombres. Las mujeres son unas cabronas. Les gusta jugar con su comida, son (citando a Sabina) inocentes y perversas como un mundo sin dioses.


Dice Arthur Schhopenhauer que las mujeres son seres que están atrapados entre el ser adultos y niños. Yo sé que Arthur era un misógino de lo peor y también sé que era muy cuate de un fulano llamado Emil Cioran, del cual rescato esta cita:

"Ningún hombre escoge la vía del sarcasmo sin la ayuda de una enfermedad venérea o una mujer intratable"

Cuando hablaba sobre Diógenes (JA! Acabo de hacer un combo gigantesco de Cínicos).



Fue después de aprender todo esto que me armé de valor y me enamoré otra vez con un plan diferente ideado sobre lo aprendido: A las mujeres hay que decirles mentiras para tenerlas contentas.


Entonces fui feliz por un rato.


Y de ahí me cayó chahuiztle y me llevó la chingada.


Las mujeres mienten, mienten más que los hombres por una sencilla razón: Las mujeres hablan más, tienen más oportunidades de mentir. Pero, yo creo, que las mentiras de las mujeres son más cabronas, yo mentía sobre mi paradero para ir de vez en vez con los cuates por la cerveza o por un cigarro cuando estaba estresado. Pero las mujeres mienten sobre cosas grandes!

Yo veo el acto de mentir como construir el soporte de algo, si va a soportar algo pequeño no hay problema, como una canasta que lleva flores, puedes llenar tu canasta de flores (pequeñas y olorosas mentirillas) y llevártela tranquilo, sin dañar a nadie. Pero las mujeres quieren meter un PUTO elefante en la canasta. Cuando yo mentía sobre llegar cansado, ella mentía sobre la cornamenta que empezaba a crecerme en la mollera.



Ahí fue cuando aprendí la quinta cosa que sé sobre las mujeres: Con las mujeres nunca se gana, sólo se retrasa tu derrota. Fue entonces cuando reconsideré el plan de acción y me dije: "Bueno, por qué si de todos modos voy a perder, por qué me esfuerzo en entender a las mujeres?" 


Fue en ese momento, ese precioso momento cuando aprendí algo, no sobre las mujeres, sino sobre mí, la verdad más profunda de todas, y creo que muchos hombres podrán identificarse con mi caso:


No sé pinche nada sobre mujeres.




Sucio de tiempo



El momento que espero con más ansias en el día son esos veinte minutos que paso en la cama antes de dormir, esos veinte minutos son mi pan de cada día. Pienso siempre en todas las cosas que fueron y que ya no son, en mis errores, casi siempre pienso en mis errores, trato de decirme "Hey, sólo duerme, mañana tendrás otra oportunidad de hacer mejor las cosas" pero últimamente el flagelarme psicológicamente se me ha hecho adicción, por lo menos en esos veinte minutos. Supongo que pasa porque es cuando estoy más vulnerable, en esa cama no hay amigos, no hay abuela, no hay videojuegos y no hay libros, sólo está Rafael y su cabeza.

Hoy estaba rumiando la mierda habitual cuando se me ocurrió una brillante idea: Tratar de recordar en que momento mi vida empezó a girar fuera de control. Aún lo recuerdo. Fue un miércoles.

 Yo regresaba de la escuela, sabía que era lo que tenía que hacer, no estaba cansado, no estaba hambriento, no estaba triste, no tenía excusas. Sólo no hice lo que tenía que hacer.

Auto-sabotaje en su mejor expresión y ¿Por qué?

Culpa, chamacos. Culpa. De todas las cosas malas que hice, ese maldito pensamiento de ¿Por qué una persona tan horrible como yo merece ser feliz?  fue lo que me hizo detenerme por un momento, fue cuando decidí que quería que mi vida y mi esfuerzo, mucho o poco, se fuera a la mierda. Y ¿De dónde salió ese maldito pensamiento y esa puta culpa?

De esos veinte minutos que pasaba pensando, en lugar de pasarlos intentando mejorar, intentando perdonar al mundo y a mí.

Y entonces escribí esto. Porque necesitaba decirme:

Rafael. No es tu culpa. Nunca lo fue. Tú mereces ser feliz, tú más que nadie lo merece.
Eres un hombre fuerte, eres un hombre bueno. Y aunque todos te manden al carajo, yo siempre estaré orgulloso de ti. Tú vales más que esos veinte minutos. Duerme tranquilo.


Y ya.

Zapatos de tierra

Han salido a correr?
Es algo diferente, no creen? Yo solía hacerlo, a veces lo hago. Pero es como escribir, sólo cuando me dan ganas o no puedo con lo que tengo dentro de la cabeza y tengo que sacarlo, ya sea en sudor o en tinta. Pero correr, correr me cambia las cosas.

Vivo en una ciudad con mar, casi siempre está soleado, pero en noviembre y en diciembre entran los frentes fríos y con ellos llegan vientos con mucha fuerza, levantan la arena de la playa y la sacan a las calles y a las casas cerca del mar. Es impresionante pararse frente a ese inmenso titan de agua y sal, sentir como puede destruirte en segundos si te atreves a enfrentarlo, sentir como la arena te lastima la cara y el viento se burla de tus intentos de mantenerte quieto.

Siempre que iba a correr a la playa en noviembre/diciembre, llovía. E iba sin audífonos; me gustaba escuchar el plaf, plaf, de mis zapatos en los charcos cuando rebotaban en el piso. Había veces que me movía la tristeza, otras veces me movía la rabia, la alegría también es buen combustible.



Hubo un día, que me puse mis zapatos negros para correr, mi sudadera naranja y los shorts negros y salí a correr. Entonces la vi, me llamaba la arena, era casi de noche y había mucho viento, las palmeras estaban casi paralelas al piso de lo mucho que el viento las movía, la arena formaba muros con el viento y las el sonido de las olas lastimaba los oídos; la playa había preparado ese momento perfecto para que me encontrara con ella. Me quité los zapatos y corrí en la arena, corrí y corrí hasta que no pude más, fueron varios kilómetros de sentir la arena quemándome los ojos, los vidrios enterrándose en mis pies, el sudor manchando mi sudadera, el mar entrándome en los oídos. Fue el momento más feliz de mi vida.

Terminé mi carrera y lloré. Lloré todo lo que no había llorado por todas las cosas que había perdido por no hacer lo que hice precisamente ese día: Seguir adelante a pesar de todo.



Es tan fácil darse por vencido, digo, sólo tienes que detenerte y regresar a casa. Es fácil, la vida va a seguir si te detienes, nada cambiará, para qué correr? Para qué seguir? No vas a ningún lado de todos modos?

No. No hay que correr porque cambie algo, no hay que seguir para demostrar algo, no hay que moverse para llegar a algún lado.



Hay que correr porque ahí está el camino. Sólo por eso. Y seguir, seguir, seguir.

Me sangraron los pies. Pero ese día no corrí con ellos, corrí con mi alma y el camino me lo recompensó con el regalo más divino: Realidad, catarsis.

Llovizna

Cuando paso por el paseo de las virtudes y siento la mirada de Fortaleza, Templanza, Justicia y Prudencia sobre mi cabeza siempre busco en los reflejos de las ventanas a aquellos amantes que recorrieron juntos las calles empapadas de jazmín y buganvilia. A veces creo mirarles sentados en las bancas que están sobre el ágora de la ciudad o asistiendo a alguna función de teatro, comprando los boletos para el cine o haciendo la despensa en un lugar cerca del cementerio.

Los busco en los parques y en los restaurantes, los busco en la ciudad y los busco en los bosques. Hasta cuando estoy solo en mi habitación busco a aquellos amantes que fueron tan felices y se amaron tanto, tanto. Me pregunto a menudo, si habrá alguna manera en que alguien pueda regresar a su pasado y sólo ser testigo de él, dejarlo prístino y tal como es (fue); sólo observarlo, me pregunto si paseando por esta ciudad encontraré al amante que antes fui y a la amada que solía amar. Me pregunto si ellos podrán verme a mí. Dicen que cuando te asomas al abismo el abismo también se asoma en ti.

 A veces pienso que el olvido fue misericordioso y me dejó como memento una cáscara de lo que fue, para mí, una gran historia, el fruto más dulce, la derrota más dura. Me dejó una cáscara y una cicatriz, me pregunto si así como tengo esta tendré más. A veces pienso si podré ser capaz de ser aquél amante que solía ser, un poco menos sensato, un poco más seguro. ¿Qué si cambiaría mi poca experiencia por la anterior inocencia? Cualquier día.



A veces pienso que entregué todo, a veces pienso que me da miedo volverlo a hacer, a veces pienso que lo que pasa en realidad es que ya no hay nada que entregar. A veces pienso que nunca actúo. A veces pienso que no debería seguir buscando a esos amantes en las calles de la ciudad. A veces me pregunto si existieron siquiera.

A veces te encuentro.

A veces te encuentro
En el olor de las guayabas
En las sonrisas de los niños
En las nubes lejanas

A veces te encuentro
Cuando llueve en mi habitación
Cuando hay niebla en mi pecho
Cuando las aves emigran
de los nidos de mi balcón

A veces te encuentro
Cuando mis dedos gritan
Y me piden tocarte
Y esculpen en tinta
tu cuerpo lejano

A veces te pierdo
Entre montañas de papel
En los castillos aéreos
En las pláticas de amigos
Te pierdo en mis costumbres
Pero a veces te encuentro.

Y cuando te encuentro
Me pierdo yo.